Por: RAFAEL PERCIVAL PEÑA

Para nadie es un secreto, que el actual Presidente de la República en unos comicios electorales debería ser el árbitro de las elecciones. Sin ton ni son se empujó él mismo -por el ropaje de ser el presidente del partido- a involucrarse de lleno en los comicios.

Eso, de entrada, desnaturaliza el certamen del 20 de mayo. Todos los árbitros naturales están parcializados de un lado para el otro. En adicción a esto, hoy los líderes tradicionales no están en este mundo.

Por lo tanto, una crisis que pudiera surgir de un conflicto de enfrentamiento entre las facciones política, de entrada, arrastraría a nuestro presidente a utilizar todo el andamiaje del poder de su equipo de seguridad para su protección personal.

Lo que debiera saber Leonel Fernández, en la actual condición, que no es el candidato, y, dicho sea de paso, que el aura de la magia se terminó.

Una de esta manifestación es el botellazo lanzado sin escrúpulo en contra de la figura presidencial. Quisiéramos recordar el zapatazo en contra de Bush por la baja popularidad y el conflicto bélico existente del Medio Oriente.

En nuestro país, el rechazo contra el primer magistrado de la nación es latente; tiene su lectura, pero los sicofantes y chupa-medias lo enarbolan como el más rotundo éxito de la campaña.

El presidente se exhibe, arriesgando su figura, sin tener la protección adecuada en lugares donde no debía de estar. Entiendo su riesgo, trata de salvar su pellejo por las acusaciones que vendrán en su contra.

Además, la alta taza de rechazo que ha alcanzado por sus políticas discriminatorias contra la clase media y baja, y parte de la alta ha recibido la competencia desleal de los nuevos ricos de su gobierno.

Lógicamente él está dormido en su burbuja, y sus pies no pisan el suelo. Dos dictadores nuestro realizaron lo mismo y ambos rechazaron hasta las escoltas y se negaron a dejar el solio de la silla de alfileres. Y vino la desgracia.

El desconocimiento total de una realidad latente que él no alcanza comprender. El alto índice de corrupción alcanzado en su gobierno nos conduce a creer, junto a su paranoia de megalomanía, afectada por el “síndrome de Hybris”, son factores de los entretelones existente que tendríamos a tomar en cuenta y descodificar.

Esas y no otras, son tantas de las aristas estrujadas en la cara sin contemplación, alguna en la forma absurda del comportamiento humano, de un individuo creerse él mismo de estar por encima de todas las limitaciones e instituciones del estado.

Gracias a Dios, señor presidente, que usted salio ileso de tan burda agresión. Pero de más está decirle, que se marchitó su magia cavernaria de estar por encima de la diosa Nefertitis, Tutankamon, etc. Usted se cree infalible como los dioses, pero señor presidente, usted no pertenece a esa mitología. Lilís y Trujillo rechazaron escoltas, no se llevaron de consejos y pensaron que estaban “untaos”.

El autor es general (r).